Juicio por despido improcedente

Hoy, más que nunca, creo en la justicia.

Inicié mis estudios de derecho pensando en un mundo idílico/utópico en el que mi carácter rebelde y luchador encontraría la forma de hacer justicia.

Con el paso de los años, mi vida laboral caminó por otros derroteros, sin perder nunca de vista las injusticias y tropelías cometidas a mi alrededor. No es necesario encender el televisor para verlo, sólo pasarte a observar cómo el dinero y el poder hacen de las personas auténticos dictadores.

No creo en este ordenamiento jurídico en contínuo cambio, al viento del partido que en ese momento se encuentre en el poder, pero sí creo en las personas. No creo en los jueces elegidos a dedo para juzgar a altas personalidades que, resguardados por su poder y fortuna, son tratados por leyes que no son de este mundo. Ni del otro.

Pero sí creo en los magistrados que día a día desarrollan su labor en juzgados de primera instancia, enfrentándose a las inclemencias de falta de personal, o cualesquiere otros recortes a los que la crisis nos está llevando.

Mi inclinación hacia el Derecho Laboral y las circunstancias que me han acaecido en los últimos años no han menguado mi fe en las personas anónimas que siguen luchando por una justicia igualitaria para todos.

Por esos abogados que todavía creen en lo que hacen, que, aún con el paso de los años, siguen luchando en las salas de los juzgados por defender a aquellos que lo necesitan, involucrándose sin límites. Por esos jueces que no se dejan amedrantar por grandes empresas, ni grandes nombres.

Y es que todavía creo que el tiempo pone a cada uno en su lugar. El tiempo, que no necesita una sala de vistas , porque no hay mayor justicia que la que nos da el paso de los días, de los meses… Y, aunque sea una persona impaciente para algunas situaciones, sigo pensando que sólo hay que dejarlo transcurrir para que todo vuelva a su cauce.

Nuestra Carta Magna dicta en su art. 33 que todos somos iguales ante la ley. Sé que hay ocasiones que no lo parece. Pero cuando escuchas a tu lado, justo en la entrada del despacho de un secretario judicial, a un personaje quejándose a su representante porque tú, esa ínfima persona en la que no había deparado hasta ese momento, esté a su altura y tenga el mismo derecho que él para entrar en ese despacho o moverse por los juzgados, piensas en que la justicia existe. “¿ Estos por qué entran también?” Esa frase sigue resonando en mi cabeza y vuelvo a tragar las palabras que en ese momento no pronuncié… ¿Será porque tú no eres más que yo y es aquí donde se demuestra?

Que su altanería, arrogancia y soberbia de poco le sirven para enfrentarse ante el juez, sino que debe escuchar callado cómo tratan de inepto a su mano derecha, el que ejecuta sus órdenes y mandatos. El ejecutor. Porque este tipo de persona, nunca ejecuta, siempre tiene un fiel rottwiler que les haga el trabajo sucio.

Y es que es algo frecuente y con lo que me he encontrado en los últimos tiempos. Personas incapaces de desarrollar sus tareas, que ocultan sus debilidades e ineptitud tras la vara de mando. Tras un “aquí mando yo”, y es que no tienen más justificación que esa.

Como decía Unamuno “Venceréis pero no convenceréis”. Venceréis porque el poder está en vuestra mano, pero no porque la razón esté de vuestra parte.

Esas personas, justo esas personas, que tratan a sus subordinados de forma denigrante, amenazante… Esas, son las más incompetentes y torpes. Y es que es su medio para ocultar su escasa inteligencia.

Cuando un superior o un compañero de trabajo que conlleve cierto mando te ultraje y trate de forma humillante, piensa que sólo tiene miedo, miedo a que puedas demostrar tu valía, miedo a que todo el mundo se dé cuenta de su escasez de conocimientos.

Por todo esto, vuelvo a repetir, hoy creo en la justicia más que nunca.

Tú, que sabes quien eres, y que de una manera u otra, este escrito llegará a ti, te digo sólo una cosa: Serás soberbio, serás altanero, orgulloso, arrogante, vanidoso… pero delante del magistrado agachaste la cabeza, porque, en el fondo de tu ser sabías que la razón (la de verdad) no estaba de tu parte. Tú, que movías la cabeza, queriendo negar en lo más profundo de ti aquello que estabas oyendo, sabiendo que era imposible. Sentado en el banco de al lado te veía cabizbajo reducir tu altura por momentos.

Sí, tú, supongo que habrás comprendido que a un juez no le puedes aducir el “porque hago lo que quiero” o “porque mando yo”. ¿Qué vas a contar ahora?

Y tus súbditos, esos que se vendieron ante tus palabras y amenazas ¿dónde están ahora? ¿Sabrán consolarte?

Ese rebaño que te sigue, como sigue una oveja al pastor, incapaz de pensar por sí solo y mucho menos de colocarse al lado del compañero. Con ellos, tu método funciona, con el mío, con la justicia, no. Y es que no se puede temer más al pastor que al lobo.

Creo en la justicia.

Y creo en esas personas anónimas que surgen no se sabe  dónde para apoyarte y animarte, Personas que nunca antes habían cruzado una palabra, que ni tan siquiera conoces en un cara a cara, que se unen a tu lucha, sin más pago que tu eterno agradecimiento.

Creo en mi familia, que siempre está a mi lado, que me escucha sin juzgar. Y que me apoya más allá de lo inimaginable.

A vosotros, personas arrogantes y altaneras que creiaís que nadie os iba a destronar, me hubiera gustado ver vuestras caras cuando la justicia se ha plantado ante vosotros.

Por esto, y por mucho más, me gustan mis estudios. Creo en el derecho de hombres y mujeres a ser tratados dignamente y es por ello que hoy me siento orgullosa de ser lo que soy: Luchadora hasta la muerte.

Mi nombre es Aquilina Mª Pérez Titos, y soy abogada.

Este procedimiento no ha terminado todavía pues continua en instancias superiores. Hay  quien es incapaz de reconocer que ha perdido.Victoria de Samotracia

Anuncios